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Contra las iniciativas turísticas derrochistas y sin fundamento
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Pocos, salvo los emigrantes, y por razones sentimentales, identificaban Asturias hace apenas tres décadas como un lugar para pasar las vacaciones. La situación cambió con la puesta de largo del turismo rural, que precisamente ahora cumple 25 años. El despegue del sector ha sido fulgurante. El turismo aporta al producto interior bruto (PIB) asturiano tanto como la construcción, un 10%, y emplea el equivalente a la industria, 60.000 personas. La región llegó a la vanguardia turística gracias al vigor de la iniciativa privada. Los emprendedores hosteleros y hoteleros supieron aprovechar su oportunidad sin artificiales dirigismos, una lección que tener en cuenta para otros ámbitos de la realidad asturiana.

Atraer visitantes no consiste únicamente en ofrecer mesa y posada. Comporta un conjunto de iniciativas complementarias para renovar los atractivos de cada rincón y seguir liderando un mercado en permanente competencia. De ahí a promover infraestructuras derrochistas y sin fundamento media un corto paso para quien actúa sin mesura y sin cabeza, simplemente hace obras -cuanto más grandes, mejor- aunque su destino sea inconcreto. Eso ha ocurrido en Asturias por la afición a la demagogia de la Administración y los nulos escrúpulos a la hora de manejar fondos públicos.

LA NUEVA ESPAÑA lo contó esta misma semana. En el entorno del parque de Redes, el aliciente natural más novedoso del área central, permanecen cerrados dos museos, el del Agua, en Rioseco, y la Casa del Urogallo, en Tarna, y un parador de montaña, Brañagallones. Que ocurra en plena temporada alta denota la insensatez de los proyectos, innecesarios a juzgar por la frivolidad con que los clausuran, o la tremenda desidia en su gestión, una parsimonia que acaba por transformarlos en despilfarro.

Brañagallones merece un trofeo al sinsentido. Alguien pensó hace muchos años transformar en hotel una antigua cabaña cinegética de los guardas del Icona en un lugar de acceso dificultoso. Sucesivos gobiernos enterraron allí millones rehabilitándola. Nunca funcionó. Las casas del Urogallo y del Agua abrieron sin que su contenido estuviera ni siquiera pensado, como si simplemente colocar ladrillos bastara para justificar iniciativa política. En fin, qué contar del descomunal Hospital de la Fauna Salvaje, en Sobrescobio, carente de personal y medios, que hasta la fecha solo habitó la osa «Lara», retornada al monte esta misma semana, y cuya inversión supera los cinco millones de euros. Un lujo para animales.

Los peliagudos meses que todavía nos esperan, de recursos escasos y crisis sin respiro, hay que afrontarlos con realismo. Una cosa es el legítimo derecho a prosperar y captar dotaciones que tienen los concejos, los grandes y los pequeños, y otra muy distinta amparar bajo ese pretexto inversiones inútiles. Ninguna localidad debe sentirse agraviada por hablar de este asunto con franqueza. Promover servicios insostenibles constituye una estafa al ciudadano, al fin y al cabo, quien todo lo paga.

Algunos de esos equipamientos que quedan esparcidos por Asturias como monumentos a la incapacidad son ridículos en su misma concepción y no tienen hoy más fin que servir de entretenimiento al vandalismo. En el alto de Folgueirou, en Illano, aparece erguido en medio de la nada un centro de interpretación del paisaje. Una construcción de carácter moderno, cerrada desde hace más de un año, que hasta los vecinos toman a risa. Sólo sirvió para justificar la inauguración. Su mismo objetivo parece disparatado. Como si los maravillosos parajes de la cuenca del Navia necesitaran río arriba de mayor explicación y lectura que su propio goce.

En Belmonte construyen una casa del lobo no porque exista la necesidad de un centro para estudiar, proteger y divulgar todo lo relacionado con la especie, sino por mimetismo. Si el cercado que habitan «Paca», «Tola» y «Furaco» atrae turistas, ¿por qué no intentar lo mismo con los cánidos? Ese fue el argumento. Y en Covadonga el Principado compró por tres millones de euros y alguna prebenda urbanística una finca bajo el santuario para un centro de recepción, un megalómano ascensor panorámico al real sitio y un aparcamiento que quedó en nada.

Ya lo dijo esta semana la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, en una entrevista en este periódico: «No podemos seguir gastando más de lo que ingresamos, porque nos vamos al garete». El propio presidente asturiano, Álvarez-Cascos, citó en su discurso de investidura varios casos inauditos de obra muerta. Como el del Instituto del Medio Ambiente de El Entrego, culminado en 1996, sin estrenar y al que nadie le encuentra otra salida que la demolición. Concebido como un centro virtual para exportar el conocimiento que había adquirido Asturias en la gestión de los residuos, la atmósfera, el agua, la caza, la pesca y el medio ambiente, un Gobierno pasado creyó que una institución así no podía existir sin sede ni funcionarios. El resultado salta a la vista: 200 millones de pesetas de las de hace 15 años tirados a la basura.

Al nuevo Ejecutivo asturiano le queda por delante tarea en abundancia para poner orden en desajustes semejantes, que ni en horas de bonanza se deben volver a repetir.


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30-08-2011 - Escrito por: espaciorural (ADMINISTRADOR)  

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