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Tesoros de andar por casa
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Caseríos, dólmenes, máquinas, comedores, cuevas, villas o jardines... Para convertirse en monumento no hace falta ser una espectacular obra de arte

Para merecer la consideración de monumento y ser acreedor de la correspondiente protección no resulta imprescindible ser un templo gótico, un palacio renacentista o una basílica barroca. Inmuebles y bienes muebles mucho más humildes, vinculados en muchas ocasiones a actividades cotidianas muy alejadas del arte y el boato, se convierten en monumentos porque, a pesar de ser tesoros de andar por casa, resultan esenciales para documentar y entender nuestro pasado.

208 bienes integran actualmente en Gipuzkoa la lista de monumentos. La mayoría, 138, son «por su relevancia o singular valor», bienes culturales calificados «cuya protección es de interés público». Los 70 restantes, que pese a no alcanzar la relevancia de los anteriores se consideran elementos patrimoniales dignos de protección, están inscritos en el Inventario General del Patrimonio Cultural Vasco. A todos ellos hay que añadir los 30 conjuntos monumentales, todos ellos bienes calificados, entre los que destacan la práctica totalidad de los cascos medievales -Hondarribia, Segura, Mutriku, Errenteria, Hernani, Arrasate...- de Gipuzkoa, así como varias zonas arqueológicas o bienes difíciles de encajar en una única definición, como el Camino de Santiago a su paso por Gipuzkoa, monumento desde hace una década. Al igual que los restantes conjuntos monumentales, engloba numerosos elementos de patrimonio -en el caso del Camino de Santiago, son 91-, que tienen distinto grado de protección en función de su interés.


Las últimas incorporaciones

En esa categoría de conjuntos monumentales han entrado esta semana los poblados fortificados de Buruntza (Andoain) y Basagain (Anoeta), dos de los ocho enclaves de la Edad de Hierro descubiertos hasta la fecha en Gipuzkoa que, tras años de investigación arqueológica, están permitiendo conocer cómo vivían -con un grado de desarrollo y organización muy relevante, por cierto- los guipuzcoanos del primer milenio anterior a nuestra Era. Ya mereció esa misma calificación en 2000 el castro de Intxur (Albiztur-Tolosa), el enclave que seguía a los anteriores río Oria arriba. Murumendi, en Beasain, completaba la cadena de poblados de la Edad de Hierro que dominaba desde las alturas el valle del Oria.

Si el pasado martes el Gobierno Vasco, que es quien tiene la capacidad de hacerlo en función de la ley de Patrimonio Cultural Vasco, convirtió Basagain y Buruntza en conjuntos monumentales, a lo largo de 2009 protegió otros bienes de tipología muy diversa como, por ejemplo, el Ayuntamiento de Berastegi, la villa Borda-Txiki de Hondarribia o los jardines del palacio Irizar de Bergara, que se incorporaron a la larga lista de ermitas, edificios civiles, caseríos, palacios, templos, antiguas fábricas o yacimientos arqueológicos -entre los que se pueden encontrar elementos muy singulares como el trinquete de Gros, en San Sebastián-, que pasaron con anterioridad por el complejo y a menudo largo trámite que se inicia cuando se incoa el expediente y, generalmente, termina con una resolución satisfactoria. Hay casos en los que al final del proceso se decide no calificar o inventariar el bien y, en consecuencia, no protegerlo, pero según el director de Patrimonio del Gobierno Vasco, José Luis Iparragirre, eso no es lo habitual porque «en la fase previa al inicio del expediente se hace una valoración muy precisa, de manera que lo que hay que desestimar se desestima antes de comenzar un proceso que exige mucho tiempo y trabajo».


Conflictos de intereses


Convertir un elemento o un conjunto de elementos del patrimonio en un bien calificado o inventariado y darle el título de monumento no sólo reconoce su valor, sino que lleva aparejado un determinado régimen de protección que limita las posibilidades de intervenir sobre el bien protegido y, normalmente, restringe bastante las actividades que pueden realizarse en sus inmediaciones. José Luis Iparragirre reconoce que los conflictos de intereses «son el pan nuestro de cada día». Y no es necesario llegar a situaciones tan enconadas y complejas como la que existe en torno a la protección -insuficiente para muchos colectivos e instituciones y en fase de revisión en la actualidad- del yacimiento arqueológico de Praileaitz I, en Deba, que se calificó como Bien Cultural, con la categoría de Monumento, en julio de 2007. También ha provocado sus más y sus menos, en este caso por su incidencia en un trazado viario, la protección de Borda-Txiki, en Hondarribia. En realidad, en mayor o menor medida casi todos los procedimientos de protección tienen algún efecto colateral que, por exceso o por defecto, deja a alguien insatisfecho.

«Es cierto que ese mismo patrimonio suele estar sometido a otras iniciativas, y que la protección de un bien cultural siempre implica limitaciones», reconoce Iparragirre, quien también admite que «en la escala de valores que tiene interiorizada gran parte de la sociedad se tiene más conciencia del valor de otro tipo de patrimonio que del valor del patrimonio cultural, en general poco conocido y menos valorado». Aunque poco a poco esa percepción va cambiando y, como recuerda la técnico de la dirección de Patrimonio María José Aróstegui, «ahora se entiende mejor y hay una sensibilidad e incluso una presión social impensables hace unos años», la protección del patrimonio cultural es aún a menudo «una lucha contra viento y marea».


Tres o cuatro mil candidatos

Eso ocurre sobre todo cuando el bien a proteger es tan cotidiano y está tan integrado en el paisaje de todos los días que cuesta percibir su valor cultural y su interés como testimonio del pasado. «En muchas ocasiones, protegemos elementos que a la gente le resultan tan cercanos como desconocidos, y por eso son tan importantes las tareas de difusión y puesta en valor », subraya Iparragirre. Porque esos bienes son, precisamente, los que más necesitados de protección están. «Las grandes construcciones y los grandes monumentos están protegidos 'per se' -puntualiza Aróstegui-, porque a nadie se le va a ocurrir derribar, por ejemplo, la catedral del Buen Pastor. Los que hay que proteger son otros valores que han formado parte de la vida cotidiana de quienes nos han precedido». En su momento fue prioritario proteger los cascos medievales que corrían serio peligro. En la actualidad la prioridad se está trasladando al patrimonio rural, «a esos caseríos que se están quedando sin vida a marchas forzadas y que cuentan gran parte de la historia del país».

María José Aróstegui, desde la perspectiva que le otorga su larga trayectoria profesional, cree que uno de los prejuicios que hay que desactivar es el que identifica protección con fosilización: «Es importantísimo mantener vivo el patrimonio protegido, seguir dándole un uso, reutilizarlo manteniendo lo que se considera tipológicamente especial». En ese sentido, menciona como ejemplos de éxito los casos de caseríos reconvertidos en casas rurales o los palacios que han resucitado de su decadencia convertidos, por ejemplo, en hoteles.

Aunque al amparo de la ley de 1990 -«la segunda más antigua del Estado y, en consecuencia, la segunda más obsoleta», puntualiza José Luis Iparragirre- se han protegido en los últimos veinte años cientos de bienes culturales, no es previsible que los técnicos que se encargan de esas tarea se queden sin trabajo en breve. En realidad, veinte años apenas son un suspiro teniendo en cuenta que la materia de su trabajo es el patrimonio que el País Vasco ha ido configurando a lo largo de muchos siglos.

De hecho, «los servicios trabajan a pleno rendimiento, pero todos los esfuerzos son insuficientes para proteger todo aquello que debería ser protegido». Como medida de seguridad, cuentan con un inventario detallado de los bienes susceptibles de ser protegidos, lo que permite iniciar el expediente de protección -de oficio o a instancia de otros- sin mucha demora en caso de que se advierta algún riesgo. «Hay identificados 3.000 ó 4.000 bienes sobre los que podríamos iniciar un expediente», calcula Iparragirre quien, por otra parte, adelanta que en la presente legislatura tienen previsto hacer algún retoque a la veterana ley «para que los mecanismos de protección del patrimonio sean más eficaces». «En estos momentos estamos identificando los problemas -indica-, por lo que todavía no tenemos claras las soluciones».


30 son los conjuntos monumentales -cascos urbanos, zonas arqueológicas...- protegidos en Gipuzkoa. Todos ellos se consideran Bienes Calificados.
138 monumentos situados en Gipuzkoa tienen la consideración de Bien Cultural Calificado, que les otorga los niveles de protección más altos.
70 monumentos de menor relevancia que los anteriores están inscritos en el Inventario del Patrimonio Cultural Vasco.


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09-02-2010 - Escrito por: espaciorural (ADMINISTRADOR)  

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